Facebook
Twitter
Youtube
Youtube
VerdadAbierta.com

Mateus2

Negociar es como bailar. De la disposición y comodidad de cada una de las partes depende que la "velada" sea exitosa o que se convierta en un fracaso. Preguntas que es necesario responder para saber si se está haciendo lo correcto.

Por: Sandra R. Mateus, Profesional Managment Coach ICL / www.coachsandramateus.com - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

¿Quién no ha ido a un  baile? En ocasiones no asistimos a un evento social a danzar y, en otras, no importa qué tan buenos bailarines seamos. A veces, disfrutar de la música y ver cómo las parejas se mueven en sincronía es otra forma de pasarla bien.

Si en ese baile, como participantes u observadores, dirigimos la mirada hacia la pareja, ¿cómo saber quién gana? La pregunta que surge es si realmente hay algo que ganar. Probablemente, la idea es que los dos obtengan algo y que esto se traduzca en alcanzar un objetivo compartido: pasar un rato agradable al ritmo de la música.

¿Qué pasaría se se planteara que negociar es como bailar, en el sentido más estricto posible? 

En un baile buscamos llevar a cabo una acción conjunta en colaboración con otra persona orientada a producir un resultado más satisfactorio para cada uno de los dos que si no se llevase a cabo tal acción.

Esto no siempre funciona: a veces una de las personas no logra experimentar un rato agradable y, a veces, las dos tienen un mal momento. Sin embargo, la lógica fundamental del baile es la misma: simplemente danzar, en lugar de hacer otra cosa.

En ese espacio mi aliado potencial es mi pareja porque, a menos que se trate de un baile individual, puedo lograr ser mejor con su ayuda. Aunque al inicio pueda no estar totalmente seguro de que saldré ganando, si mi intención es hacerlo, lo lograré. Durante la danza, mi comportamiento va a influir en mi nivel de satisfacción y en el de mi pareja.

Finalmente, si ya bailé con alguien más, la experiencia pasada influirá en mi deseo de volver a hacerlo y en mis expectativas sobre lo que sucederá.

¿Cómo evaluaríamos el resultado de esta experiencia? Propongo tres puntos de partida: ¿Qué tal bailamos (cada uno y en conjunto)? ¿Cuál fue el trato que el otro me dio y el que yo le di? ¿Qué pasó con la relación entre las dos partes hacia el futuro?

Ahora, les propongo remplazar la palabra baile o cualquier acción relacionada con “negociación”…

¿Aplica o no? Creo que sí. A partir de ahí, el siguiente paso es hacernos una autoevaluación e indagar ¿qué tan buen bailarín estoy siendo en mis bailes? o, dicho de otra manera, ¿qué tan buen negociador soy? ¿Estoy maltratando para obtener solo mi satisfacción sin darme cuenta si le hago daño al otro? ¿Me comprometo con el logro de resultados cuidando a mi pareja (aliado, socio)? Vale la pena hacerse estas preguntas.