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La crisis que experimenta el sistema de salud pone sobre la mesa la inviabilidad del modelo y la responsabilidad que desde los médicos hasta los pacientes tienen con su declive y sus oportunidades de transformación.

Por: Juan José Lopera, presidente de Disitraining / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

La supervivencia del sector salud en Colombia (quizás en el mundo) depende, más allá del saneamiento financiero, del fortalecimiento consecuente de los valores y principios inherentes al acto terapéutico y de servicio que el ejercicio de la medicina supone. Depende de una cultura del cuidado profunda y consecuente, que reconozca que lo que ocurra con mis intereses personales está determinado por cómo cuide los del paciente, su familia y la comunidad que nos enmarca, del medio ambiente que nos nutre y de nuestras acciones.

La dimensión ética del cuidado reflejada en la sostenibilidad financiera de un sistema de salud que se tambalea debe partir de la toma de conciencia de que nuestros actos (incluyo al pensamiento, a la intención y a la palabra) tienen consecuencias que se revertirán sobre nosotros, nuestro entorno y nuestro círculo de afectos más íntimo. Todo lo que hacemos impacta esferas de influencia concéntricas e interdependientes cuyo centro somos nosotros mismos.

Desde esta perspectiva es fácil darse cuenta de que los recursos del sector salud, al igual que los de la biosfera y la sociosfera, pertenecen a todos y en todos influyen. De nuestro juicioso y responsable cuidado parte su sostenibilidad y nuestro futuro bienestar.

Desde una perspectiva de aprovechamiento individual (yo como médico, mi IPS, mi centro diagnóstico), el sector salud ha sufrido un “parasitaje” crónico de recursos en el que la visión de rentabilidad económica que definía una acción diagnóstica o terapéutica se imponía a los criterios de pertinencia e impacto en la calidad de vida de un paciente, familia o sociedad. En esta ecuación social, un mayor número de procedimientos, consultas, intervenciones o eventos significaba una mayor ganancia y una aparente mayor salud financiera de mi centro de salud, IPS y proveedores del sistema. ¿De cual sistema?

Los aseguradores, las EPS y el gobierno han pagado por servicios o eventos. Parece lógico. Han pagado por acciones reparadoras. Y no es que por definición esa aproximación fuese perversa, pues para ser sostenible sistémicamente esos pagos suponían una mirada honesta y responsable frente a los recursos comunes y enfocada en el bienestar del paciente y la sociedad, una mirada que buscaba brindar calidad y servicio a quienes, por su carencia de recursos, habían sido excluidos crónicamente de sus beneficios.

De ser así, quizás habría funcionado. Sin embargo, la carencia de mirada sistémica y responsable y la búsqueda del aprovechamiento “legal” del sistema para el propio beneficio generó la crisis de un proyecto que en el papel era bueno, pero limitado en sus alcances conceptuales: relegaba a un segundo o tercer plano las acciones preventivas o de promoción a pesar de utilizarlas como bandera política, demagógica, efectista. Como chompa de caperucita.

La falta de honestidad, la corrupción por exceso, el paradigma de la rentabilidad centrada en la visión inmediatista y aislada de las consecuencias sistémicas de un entorno con recursos limitados se convirtió en el nudo gordiano que actualmente ahorca a muchos médicos, IPS, prestadores de servicios de salud y aseguradoras.

Cambiar no es tan sencillo como saltar a un modelo de Pago Global Prospectivo cuya orientación filosófica se base en mantener la salud y prevenir la enfermedad. Mientras que la corrupción en un modelo que paga por eventos se da por exceso de uso, la vulnerabilidad de un sistema de pago prospectivo, si no se dan condiciones de conciencia e integridad, pasa por comportamientos negligentes.

En el primer caso el corrupto se beneficia cuando hace más que lo necesario, más que lo ético, más que lo seguro para el paciente. En el otro modelo, el corrupto se beneficiaría si hiciera menos que lo seguro o éticamente correcto para cumplir con esa misión de promover la salud, prevenir la enfermedad y detectar a tiempo amenazas y complicaciones.

La buena noticia es que el sistema comienza a cambiar. Es vital para todos. A pesar de la gran crisis, es algo que no puede desaparecer. Todos nos hundiríamos porque ante la enfermedad somos vulnerables y los sistemas de atención social de salud son estrategias de apoyo mutuo. En este caso, migra del pago por servicios y por eventos al pago por capitación buscando reestablecer el orden y volver la mirada a la salud y al bienestar como responsabilidad de la medicina. Aquí debemos trabajar conceptualmente, reflexivamente, transformadoramente. Aquí debemos entender que el orden sistémico requiere, siempre, generar un movimiento, una dirección del “bien” centrada en el sistema mayor, en el más incluyente, no al contrario.

Al igual que con el proceso de paz, nos toca a todos participar activamente para demostrar que hemos aprendido la lección. A los pacientes, entender la correcta utilización de los servicios (el abuso de la consulta de urgencias, el abuso de las incapacidades, las pretendidas disfunciones eréctiles para obtener el Viagra gratis, etc). A los médicos y dueños de IPS les corresponde comprender su lugar responsable dentro de una cadena de sostenibilidad compartida y recuperar una visión inclusiva, sistémica, sensible y compasiva que abarque todas las direcciones, todos los niveles de impacto que en la salud del sistema tienen sus decisiones, sus acciones y sus omisiones.

Como parte de un sistema de salud necesitado de compromiso y coherencia, debemos centrar los programas de P&P, precisamente, en el valor intrínseco del bienestar y de la calidad de vida que incluye las dimensiones de productividad, autonomía y relevancia social. Los programas de prevención y promoción, generando conciencia de responsabilidad y autocuidados en pacientes y comunidad, son también la gran oportunidad de recuperación financiera del sistema, quizás la única en este momento. Son la única vía que permitiría la supervivencia a largo plazo de los modelos de atención incluyentes, pero esa oportunidad para optimizar recursos y mejorar los rendimientos financieros debe ser mirada como el resultado inevitable del trabajo bien hecho, no la meta.